
Llevábamos ya muchos dias recorriendo la campiña, cubierta de los colores más vivos imaginables. Unas veces eran campos de trigales de vivo color amarillo. Otras veces eran viñedos de colores ocres o bosques de intenso color verde. Las tardes eran cada vez más largas, lo cual indicaba ya la presencia del verano. También el calor era cada vez
más intenso. Estaba atardeciendo y el cielo amenazaba con grises nubes que parecían árboles. Sin darnos cuenta, habíamos llegado a un campo cubierto de amapolas. Lo atravesamos y su color era de un rojo tan intenso, que parecía que el cielo iba a empezar a arder. Llegamos así a una colina verde, flanqueada de unos curiosos árboles alargados y puntiagudos. El campo olía bien.
Al final de aquella colina nuestros pasos nos llevaron aun viejo camino empedrado, cuyas losas pulidas por el tiempo, parecían invitarnos a seguirlas. Entre tanto , la noche se había ya extendido sobre nuestras cabezas. En su color azul brillante, destacaba una luna enorme y radiante que era como un faro para nosotros. Podíamos ver hasta el último detalle, lo cual tampoco era de extrañar, considerando que los gatos podemos ver perfectamente en la oscuridad.
En un claro, e iluminado por un rayo de luna, estaba esperando un gato pardo, grande y lustroso. Nos llamaba desde lejos con una voz aguda, que nos resultaba familiar. Nos decía "Vamos, vamos, amigos, no debeís perderos la fiesta del dia más largo del año. Os estamos esperando". Al acercarnos, casi no podíamos dar crédito a nuestros ojos. Claro, aquella voz era la de nuestro amigo Óscar, el gato cantor. Según nos contó, se había adelantado para reunirse con unos amigos que llegaron hace algún tiempo.
La noche tenía algo especial, como si miles, millones de pequeños seres luminosos flotasen en el aire. Era una noche mágica, de esas que los gatos sabemos reconocer. Nos basta con olfatear, para saber lo que está ocurriendo. Seguimos andando por aquella vieja calzada y de pronto escuchamos voces conocidas para nuestros oídos. Canciones nocturnas de nuestros congéneres. Ante nosotros, se encontraba un edificio imponente, redondo, todo flanqueado por arcos e iluminado por la luz de la luna. En sus gradas se aposentaban miles de nuestros congéneres. La alegría era exuberante. Algunos cantaban, otros bailaban y otros simplemente charlaban en círculos a la luz de la luna.
